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VII
El amor humano por el prójimo
Se espera que un creyente que ama a Dios ame al pueblo
de Dios y sea bondadoso con ellos. Dijo el Profeta: ¡Oh
siervo de Dios, deja que tu amor y tu odio sean por Dios, porque
nadie puede alcanzar la wilaiah (autoridad) de Dios sin eso, y
nadie hallará el sabor de la fe sin eso, aunque sus oraciones
y ayunos sean abundantes.[1] Si el amor y el odio de uno
son solamente por Dios, sería imposible no amar a Su pueblo.
Sobre la necesidad de amor por la gente, vemos que el Corán
alaba a aquellos miembros de la Casa del Profeta que ayunaron
durante tres días y dieron cada día el escaso alimento
que tenían para romper el ayuno, sucesivamente a un pobre,
a un huérfano y a un prisionero: «Que por amor a
Dios alimentan al menesteroso, al huérfano y al cautivo,
(diciendo): Ciertamente, os alimentamos por amor a Dios;
no os exigimos recompensa ni gratitud» (76: 8-9)
Hay un hadiz muy famoso narrado en diversas fuentes sobre que
el Profeta dijo: Toda la gente es familia de Dios, por lo
tanto la gente más apreciada por Él son aquellos
que le hacen el mayor bien posible a Su familia.[2]
Según un hadiz, que es similar al que se menciona en el
Nuevo Testamento (Mateo, 25: 31-46), en el Día del Juicio,
Dios preguntará a algunas personas por qué no lo
visitaron cuando estaba enfermo, por qué no lo alimentaron
cuando tenía hambre, y por qué no le dieron agua
cuando estaba sediento. Estas personas preguntarán: ¿Cómo
puede ser posible que esto haya sucedido, puesto que Tú
eres el Señor del universo? Entonces Dios responderá:
Tal persona estaba enferma y no la visitaste, tal persona estaba
con hambre y no la alimentaste, y tal persona tenía sed
y no le diste de beber. ¿No sabías que si hacías
eso Me hallarías junto a ella?[3]
De esta forma, en el Islam, el amor representa un papel esencial
en la ética, el misticismo, la teología y hasta
la filosofía. Para bosquejar un esquema islámico
del mundo, incluyendo la historia de la creación del universo
y la humanidad y luego el trato hacia la humanidad de Dios, uno
siempre necesita invocar la noción del amor. Dios Mismo
es amor y ha creado al mundo por amor. Él trata a los seres
humanos con amor. La fe también comienza con amor, un amor
intenso por ciertas verdades, y se requiere que florezca alimentándolo
hasta el punto en que el amor que uno tiene por Dios llene todo
nuestro corazón y dirija todos los aspectos de nuestra
vida. El amor por Dios puede incrementarse solamente cuando reduzcamos
nuestro egoísmo, y si podemos finalmente deshacernos del
egoísmo seremos unas personas perfectas cuya voluntad y
placer sería la voluntad y placer de Dios. El amor por
Dios y la liberación de todo egoísmo puede asegurarse,
al principio, sacrificándonos y abandonando nuestros deseos
por la causa de Dios y Su pueblo, y luego, no teniendo otro deseo
más que lo que Él desea y ninguna otra voluntad
que no sea la Suya, entonces, por supuesto, no habrá sacrificio
ni dolor. Las reglas éticas son directrices hacia este
camino de amor, iluminado y orientado por las enseñanzas
del intelecto y de los Profetas.
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[1] Maylesi, 1983, Vol. 27, p. 54.
[2] Hemiari, 1417 A.H., p. 56.
[3] Por ejemplo, ver al-Hilli, 1982, p. 374.
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